
Entre las luces, el pop de los ochenta y el frenesí de sus fiestas se esconde una realidad por pocos conocida. La movida gay se concentra en este lugar, donde todo está permitido y la diversidad abunda.
Mi cara frente al espejo reflejaba la incertidumbre de aquella situación. Los nervios se hacían latentes a medida que corrían los minutos y todavía no me convencía de la difícil misión que debería cumplir esa misma noche. Mi apariencia distorsionada por una chaqueta larga y negra, y la polera color beige con broches metálicos que dejaban al descubierto gran parte de mi pecho, eran el fiel reflejo de lo, hasta ahora, más osado que he hecho en mi vida.
Y es que para una persona un tanto tradicional como yo, la sola idea de entrar como bisexual a un pub alternativo me producía escozor. Es cierto que tal vez intuía lo que me esperaba, pero en ningún caso sabía con certeza lo que me esperaría en aquel lugar.
Eran alrededor de las diez y media de la noche, la puerta de la micro se abre y yo subo con decisión. La 611 me dejaba justo afuera de mi lugar de destino que, incluso, ignoraba su ubicación exacta. Llevaba conmigo unos cigarros importados que compré en la calle, previendo que me podían ser útiles, pese a que no fumo.
El gay encubierto
Me bajé unas cuadras más allá de la Plaza Sotomayor, que a esa hora estaba atestada de miembros de diversas tribus urbanas. Me devolví dos cuadras hasta encontrar el conocido Pagano, lugar de encuentro para la diversidad sexual y donde la década de los ’80 parece no haber acabado. Eran las once y media, y había poca gente afuera; unas ocho personas esperando que abran el local.
El Pagano es por hoy uno de los íconos de la movida alternativa en Valparaíso, al igual que otros locales vecinos como Cherry, One Way y La Secta. En Chile, los pioneros en implementar esta nueva alternativa bohemia fueron los empresarios de la discoteque santiaguina, Blondie, quien a comienzo de los ‘90s se hizo conocida por albergar a jóvenes de las más ambiguas tendencias sexuales, llenando sus fiestas de un, hasta entonces, inusual colorido y extravagantes bailarines que muestran su cuerpo sin tapujos.
Mientras esperaba afuera, de pronto, sale un tipo gordo y macizo, con una cola en el cabello y un look bastante metalero. Cuelga en la pared un letrero con la patente de alcoholes del local, y acto seguido, se abren las puertas para el público.
Me acerqué a la boletería y pagué mil pesos. Al entrar, las pistas de baile casi vacías y la poca gente que había a esa hora, le daban una tranquilidad poco habitual para un viernes por la noche. Al fondo del primer nivel, una barra y su respectivo barman presagiaban una noche de mucho calor, roce y liberación de emociones contenidas.
Una escalera que conducía hacia una oscuridad infinita, llamó mi atención. Mi curiosidad pudo más y decidí bajar por sus peldaños y descubrir qué se escondía tras esa capa de negrura y humo. Abajo, dos ambientes separados por una pared sencilla se asemejan mucho al primer piso, salvo en su escasa luminosidad. Todo parecía estar en orden y dispuesto para una noche que se suponía, iba a ser muy concurrida.
Sentado en la barra con mi vaso de cerveza, saqué un cigarro, me lo eché a la boca y le pedí fuego al barman. Traté de actuar con naturalidad y crucé mis piernas para darle un toque femenino a mi personaje. No habrán pasado ni cinco minutos desde que me senté, y frente a mi llega una chica delgada, de pelo crespo y ropa sencilla.
¿Tenís fuego? –me pregunta. Como no andaba con encendedor, le pasé mi cigarro. Me llamo Guissella, ¿y tú? –En ese momento empecé a inventar una historia convincente para no ser descubierto, pero tratando de no fantasear datos que después no pudiera recordar. Claudio –le dije-, soy bisexual y estudio diseño en el Duoc. Hasta el momento, todo bien; había logrado idear una historia creíble y conseguí tener mi primer contacto en el lugar. El único pero es que ella también es heterosexual, y gastar mucho tiempo en ella podría haber sido poco relevante para la historia.
Simpática, carismática y no tiene rollos con los homosexuales. Así podría definir a esta chica que, no representa para nada sus veintisiete años. Ella había egresado como secretaria, y actualmente repartía volantes, en calle Bellavista. Luego de charlar un buen rato, me confiesa que visita a menudo el local, preferentemente sola, ya que sus amigas “son de otra onda”, como dice.
“¿Y tus papás saben que eres bisexual?”, “¿cómo lo tomaron?” –preguntaba curiosa. “Al principio les costó aceptarlo, pero al final no les quedó otra” –respondí naturalmente, imaginando cuál sería la reacción de mis viejos si les contara algo así.
¡Ahora se viene lo bueno!
Ya con un par de vasos de alcohol en el cuerpo y abundante nicotina en mis pulmones, subimos a bailar al primer nivel. Me sorprendió ver la cantidad de gente que a esa hora repletaba la pista de baile. También me asombró la cantidad de varones que comenzaban a mover sus caderas sin ningún tapujo. Eran como las doce y media, y ya no cabía un alfiler. Me puse a bailar con mi nueva amiga, al ritmo de Madona y otros referentes de la movida ochentena, mientras el calor se hacía cada vez más insoportable.
En eso, veo a mi costado a dos grupos de gays bailando efusivamente. El primer grupo era más tranquilo. Cuatro tipos vestidos con poleras sin mangas y pantalones muy ajustados, que bailaban y coqueteaban felices al ritmo del grupo argentino, Miranda. En el segundo era otro cuento. Eran tres: uno flaco que estaba al medio, otro pelado detrás de éste, y uno moreno ubicado delante del delgado muchacho, que estaba más distante.
En una escena donde el erotismo brotaba con holgura, el pelado empieza a manosear al flaco, quien dando muestras de excitación extrema, cerraba los ojos y se mordía los labios. Aunque este tipo de cosas es común verlas en lugares como éste, la verdad es que nadie se preocupa de lo que haga el otro, porque quienes frecuentan el Pagano, así como otros pubs alternativos, tienen su criterio formado y mente abierta.
Minutos más tarde, Guissella decide ir al baño. Mientras la espero, sigo observando a la gente que se desplaza con dificultad; el espacio era reducido y los roces eran inevitables. Cuando regresa, noté algo extraño en ella: estaba un poco mareada, cosa bastante extraña, ya que sólo habíamos tomado un par de vasos de cerveza.
De pronto, aparece el flaco al que manosearon hace un rato. Nos ofrece unos sorbos de ron cola y, por supuesto, mi acompañante no rechazó el ofrecimiento. Con la sorpresiva intervención del muchacho, me acordé de la escena que él había protagonizado junto al pelado y al negro, recién.
Poco después, Guissella se acercó a un tipo que pasaba muy cerca nuestro y se ponen a hablar. No sé en qué momento ocurrió, pero al minuto siguiente ella estaba bailando con él, dejándome perplejo y mirando para todos lados como buscando una explicación. No la volví a ver en toda la noche.
Pero sabía que no me podía quedar de brazos cruzados; eran las dos y media, y todavía no lograba mi objetivo. Necesitaba una historia digna de contar, así es que me aventuré a buscar yo mismo a mi propia fuente.
“¿Bailemos?”
Subí por una escalera que me conducía a un balcón. En el lugar, otro ambiente ornamentado con sillones y las, hasta esa hora, decenas de parejas que se habían formado. Me fijé en una pareja de lesbianas que se besaban en un sofá junto a un muchacho de gestos amanerados. Era el momento de atacar. Saqué un cigarrillo –que sin darme cuenta era el séptimo de la noche- y le pido fuego.
Su nombre es Carlos, estudia Trabajo Social en la U. de Valpo., y es amigo de Karina y María José, pololas desde hace seis meses. Nos pusimos a tirar la talla un rato, hasta que las dos chicas se pararon y, entre bromas, nos dejan solos. Le pregunto si es gay y me dice que sí. Yo mantuve mi historia anterior, declarándome seguidor de ambos bandos. Me cuenta que su familia no sabe de su condición sexual, porque según dice: “Es mi rollo”.
Luego de un par de miraditas y sonrisas mal disimuladas del joven, éste se levanta y va al baño. La situación comenzaba a ponerme un poco nervioso, pero en ningún caso se había salido de control. Sabía que si no manejaba el momento, podría verme inducido a hacer cosas que no quería. Cuando vuelve, se me acerca con cuidado, me toca el brazo y me dice: “¿bailemos?”. Yo, haciéndome el huevón le di una respuesta políticamente correcta: “No, gracias, no quiero bailar… después”.
Luego del impass, y mientras Carlos se iba donde sus amigas, yo aproveché el momento y me hice humo, acordándome de ese refrán que dice: “soldado que arranca sirve para otra batalla”. Creyendo haber llegado al límite de mi osadía y con la sensación del deber cumplido, me fui al baño para aprontarme a regresar a casa.
El calor seguía insoportable adentro y el avanzar se hacía casi imposible. Mi reloj marca las 4:00 AM, hora más que prudente para enfilar camino a casa y dejar atrás lo que, definitivamente, no era mi ambiente. No sé si vuelva a entrar al Pagano. Tampoco, si voy a tener la oportunidad de vivir, otra vez, algo así. Pero de lo que estoy seguro es que cuando vea a algún gay o bisexual por la calle, podré decir sin problemas: “yo fui uno de ellos, al menos por una noche”.
2 comentarios:
una vez, tan sólo una vez fui a ese antro...
y antes no era homofóbico, después de esa vez, soy un poco...
igual no te topaste con escenas dantescas como una fellatio en plena pista de baile...
tuviste suerte,
yo ni cagando vuelvo a entrar.
Increíble, lo hiciste. Excelente. Admirable, partiendo porque fuiste solo a un antro/disco/pub cosa que yo JAMÁS haría en mi vida, y más encima en Pagano, con un ambiente más que extraño para tí.
Aunque la historia hubiera sido más sabrosa con más detalles o algun coqueteo de tu parte que ahondara en las relaciones esporádicas o fugaces de homosexuales, se valora el hecho.
Saludos
Daniela
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