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V y VII regiones, Chile
Auténtico, creativo, directo y loco por el deporte, hacen de su pasión una manera de comunicarse con los miles de fanáticos que visitan blogs o diversos sitios deportivos en la web. Ojalá les guste el blog y le puedan dar un buen uso.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El monopolio de la señora Zara


Debo reconocer que me cargan los malls. Aquellos palacios de cristal son una tortura para cualquier humano promedio que desee darse los lujos que se exponen en las vitrinas de las tiendas comerciales; el olor del rico café cremoso para ejecutivos, el exquisito sabor de los helados bañados en oro (es lo único que justificaría su costoso valor) y los mononitos trajes, zapatos y carteras brillantes que Zara ostenta orgullosa para sus exclusivos clientes.



¿A quién no le ha pasado que durante un extenso tiempo de ocio con sus amigos, de pronto a alguno de ellos se le ocurre la brillante idea de ir a vitrinear al mall? El paseo perfecto de fin de semana para las familias adineradas que viven en Reñaca, Las Salinas u otro lugar privilegiado para gente privilegiada que goza de muchos privilegios, se ha convertido en hábito común para personas comunes y corrientes que lo único que pueden hacer es tragar saliva o contentarse chupándose un dedo mientras ven como los otros comen, beben, se divierten y se visten a destajo.

También es cierto que a pesar de todo ese ambiente lleno de chicas rubias y delgadas, promotoras que hacen inevitable desviar la vista, lolas que abusan del “cachai”, “galla”, “te morís”, “amigui”; viejas pitucas con olor a rímel y esmalte de uñas –y su siempre topísima piel de leopardo- se esconden los millones de chilenos que se endeudan para aparentar o conseguir lo que nunca en su vida habrían tenido sin una tarjeta plástica que te obliga a pagar a seis, doce, quince, cuarenta meses plazo, incluso, toda una vida si es necesario.

La vida en los malls carece de lo mismo… ¡vida! Este estilo artificial de felicidad efímera y embalsamada nos hace creer que el mundo se acaba mañana e incentiva el consumo frenético y materialista en el que estamos todos atrapados y rezándole a San S.I.I. (que a esta altura se ha convertido casi en don Sata) para que nos condone una deuda eterna. Y después criticamos a los pobres pendejos que viven su sexualidad apresuradamente, haciendo alarde de su promiscuidad, agarrándose a cuanta quinceañera se les cruce enfrente, creyendo que el ponceo es lo más normal del mundo y tratando de batir el record de cuántas minas eres capaz de comerte por minuto.

¡No! Definitivamente reniego de esta sociedad cada vez más banal y capitalista que coarta y restringe los espacios públicos. Las plazas, playas, miradores donde uno iba a mirar las estrellas con su pareja (aunque a veces era lo que uno menos hacía) ya parecen cada vez más un simple detalle que adorna a los imponentes edificios de ventanales gigantes que brillan con opulencia. Me siento, a veces, como perdido en el ciberespacio, deseando, como dicen los más longevos, “que vuelvan los viejos tiempos”, esos donde se respiraba aire limpio, las calles estaban llenas de jardines y flores, el Mapocho era nadable y el río Claro era realmente claro; la época en donde las mujeres aparecían con ropa en la televisión y la escena más violenta de dibujos animados que veíamos los niños en televisión era cuando el malvado Gárgamel destruía la aldea Pitufo.

Por último, me gustaría preguntarle a la señora Zara, si es que acaso ella disfruta de ver nuestras caras de pena cuando pasamos frente a su tienda y nos enrostra nuestra carencia de poder adquisitivo y nos hace sentir unos pobretones entrando a la casa de un multimillonario; o saber qué piensa el viejo del Kentucky Fried Chicken cuando llegan universitarios chascones, con ropas hippientas y la cara deformada por el exceso de alcohol y falta de sueño, a pedir una ultramegapoderosa hamburguesa de carne de quién sabe qué, y para colmo, pagan con cheques Sodexo. Debo suponer entonces, que estos lugares de consumo masivo están estructurados de tal forma que todo aquel que ingrese se sienta excuído y el más insignificante de los seres vivos.

martes, 8 de enero de 2008

JM: el más grande de todos


Se nos fue un grande. A mi juicio no sólo el más grande periodista deportivo del país, sino el mejor comunicador que ha tenido esta larga y angosta faja de tierra. Por alguna razón el de arriba quizo que su persona fuera recordada no sólo por lo que hizo en pantalla sino también por su amabilidad y carisma con que trataba a todo el mundo: un grande dentro y fuera de la cancha como se diría en la jerga futbolera.

Sus palabras dejaron huellas en millones de personas que lo seguían por radio, televisión y la prensa, a través de Radio Minería, Revista Estadio y las pantallas de Canal 13 donde siempre aprovechaba de dar un mensaje a quienes lo escuchaban, no importando si lo que tenía que decir estaba o no relacionado con el deporte. Don Julio fue, es y será grande porque logró traspasar sus sentimientos a través del televisor, tratando siempre de hacer buen uso de los medios, y sin descalificar a nadie, intentaba unir a todo un país con sus palabras. Recordado es su discurso de la teleton de 1978, o el grito de "justicia divina" que le salió del alma, luego del gol de Leonel Sanchez ante la poderosa Unión Soviética... en definitiva, una carrera llena de éxitos y distinciones para un hombre que siempre encontró la palabra justa para lo que tenía que decir.

A título personal,me llena de orgullo saber que existió un colega que dio tanto por su profesión sin pedir nada a cambio. Pero la gente no fue ingrata con él. Aún después de muerto se dejó sentir el enorme reconocimiento y gratitud de la gente que concurrió al velatorio de sus responsos en la Parroquia de la Divina Providencia, así como en el trayecto que trasladaba sus restos hasta el Cementerio General. En definitiva, un multitudinario adiós para un hombre qque lo dio todo por el periodismo, cuyo oficio le entregó las armas para servir de manera justa y sincera: adiós JM, por siempre en el corazón de Chile.