Debo reconocer que me cargan los malls. Aquellos palacios de cristal son una tortura para cualquier humano promedio que desee darse los lujos que se exponen en las vitrinas de las tiendas comerciales; el olor del rico café cremoso para ejecutivos, el exquisito sabor de los helados bañados en oro (es lo único que justificaría su costoso valor) y los mononitos trajes, zapatos y carteras brillantes que Zara ostenta orgullosa para sus exclusivos clientes.
¿A quién no le ha pasado que durante un extenso tiempo de ocio con sus amigos, de pronto a alguno de ellos se le ocurre la brillante idea de ir a vitrinear al mall? El paseo perfecto de fin de semana para las familias adineradas que viven en Reñaca, Las Salinas u otro lugar privilegiado para gente privilegiada que goza de muchos privilegios, se ha convertido en hábito común para personas comunes y corrientes que lo único que pueden hacer es tragar saliva o contentarse chupándose un dedo mientras ven como los otros comen, beben, se divierten y se visten a destajo.
También es cierto que a pesar de todo ese ambiente lleno de chicas rubias y delgadas, promotoras que hacen inevitable desviar la vista, lolas que abusan del “cachai”, “galla”, “te morís”, “amigui”; viejas pitucas con olor a rímel y esmalte de uñas –y su siempre topísima piel de leopardo- se esconden los millones de chilenos que se endeudan para aparentar o conseguir lo que nunca en su vida habrían tenido sin una tarjeta plástica que te obliga a pagar a seis, doce, quince, cuarenta meses plazo, incluso, toda una vida si es necesario.
La vida en los malls carece de lo mismo… ¡vida! Este estilo artificial de felicidad efímera y embalsamada nos hace creer que el mundo se acaba mañana e incentiva el consumo frenético y materialista en el que estamos todos atrapados y rezándole a San S.I.I. (que a esta altura se ha convertido casi en don Sata) para que nos condone una deuda eterna. Y después criticamos a los pobres pendejos que viven su sexualidad apresuradamente, haciendo alarde de su promiscuidad, agarrándose a cuanta quinceañera se les cruce enfrente, creyendo que el ponceo es lo más normal del mundo y tratando de batir el record de cuántas minas eres capaz de comerte por minuto.
¡No! Definitivamente reniego de esta sociedad cada vez más banal y capitalista que coarta y restringe los espacios públicos. Las plazas, playas, miradores donde uno iba a mirar las estrellas con su pareja (aunque a veces era lo que uno menos hacía) ya parecen cada vez más un simple detalle que adorna a los imponentes edificios de ventanales gigantes que brillan con opulencia. Me siento, a veces, como perdido en el ciberespacio, deseando, como dicen los más longevos, “que vuelvan los viejos tiempos”, esos donde se respiraba aire limpio, las calles estaban llenas de jardines y flores, el Mapocho era nadable y el río Claro era realmente claro; la época en donde las mujeres aparecían con ropa en la televisión y la escena más violenta de dibujos animados que veíamos los niños en televisión era cuando el malvado Gárgamel destruía la aldea Pitufo.
Por último, me gustaría preguntarle a la señora Zara, si es que acaso ella disfruta de ver nuestras caras de pena cuando pasamos frente a su tienda y nos enrostra nuestra carencia de poder adquisitivo y nos hace sentir unos pobretones entrando a la casa de un multimillonario; o saber qué piensa el viejo del Kentucky Fried Chicken cuando llegan universitarios chascones, con ropas hippientas y la cara deformada por el exceso de alcohol y falta de sueño, a pedir una ultramegapoderosa hamburguesa de carne de quién sabe qué, y para colmo, pagan con cheques Sodexo. Debo suponer entonces, que estos lugares de consumo masivo están estructurados de tal forma que todo aquel que ingrese se sienta excuído y el más insignificante de los seres vivos.
